
El título no podría ser más provocador. Punks de boutique equivale a que un hipotético mexicano, llamémosle Camilo Torres, describiera su circunstancia no future y la bautizara como Punks de la condesa. No hay falla, el malestar generacional vende. Y la indigestión generacional de escaparate vende más. Tal vez las propiedades más exquisitas de Camille de Toledo sean su capacidad para leer el contexto y abortar el libro que el mundo editorial necesitaba en el tiempo correcto, a la hora excata y en el lugar indicado, sin importar que éste documente tantas irregularidades como la planta nuclear del señor Burns.
Yo también fui un rebelde sin causa
Protopunks más, protopunks menos, la inconformidad de Camille se origina en el antaño famoso y ahora tristemente célebre eslogan "Hamburguesas para el apocalipsisis". Lo que Punks de boutique pretende establecer, de manera rebuscada y snob, es la disyuntiva que The Clash, sin referencias filosóficas, planteó a fines de los setenta: "Shoul stay or should I go". Así de fácil, así de simple se le puede dar la vuelta a la página de la historia. ¿La gran diferencia? La pretensión. Y como el mismo De Toledo lo denuncia: la pose lo es todo.
Sí, es verdad, a la generación nacida en los setenta le urge un ideario político, un dietario mental no anclado en el aburrimiento. Un sistema de pensamiento con un marco referencial que no sólo abreve de la señal de cable. Pues bien, lo siento. Punks de boutique no es la olla de oro al final del arcoiris. El principal defecto de Camille es que sufre de un agudo acceso de "Papapitufismo". La condición de hablar a su hipotético lector como si él fuera el viejo de barba canosa mandamás de la tribu. Por supuesto que la primera reacción es de rechazo, ante la condescendencia, la subestimación y el dejo paternal que nos suministra el acercamiento a esta obra. Porque entonces surge la obviedad. Para qué tanta molestia. Tanta pose. Tanta información. Para al final decirnos lo que ya todos sabemos. Que no hay salida. Que el capitalismo terminará por tragarnos. Por aniquilarnos. Pero si eso ya lo dijo Iggy Pop. Y de manera más poética y arriesgada: No fun.
Si al menos el tono del libro fuera menos pedante, menos pretencioso, si no aspirara a considerarse a sí mismo el número uno en las listas de popularidad, tal vez el esfuerzo de Camille por evidenciar su visión del mundo sería más tolerable. Mejor ejemplo que las palabaras de Jack Nicholson al principio de la película Infiltrados no encuentro: "¿Cuando tienes una pistola apuntándote a milímetros de la cara, cuál es la diferencia entre ser un maleante o un policía?" Lo mismo ocurre con De Toledo, cuál es la diferencia en su pesimismo si al final el arma de la historia va a dispararnos a todos al rostro.
Publicado en Tierra Adentro N 157, Abril-Mayo, 2009